domingo, 12 de febrero de 2017

CUADERNOS DE VIAJE:INDIA EXPEDICIÓN AL CORAZÓN DEL TIGRE


En el mismo momento en el que salimos al exterior del aeropuerto de Nueva Delhi, el aspecto más impactante de la naturaleza de la India  es la coexistencia de nuestra propia especie con la fauna.

El Homo sapiens alcanza en el subcontinente indio las mayores densidades poblacionales y el tráfico rodado adquiere una dimensión caótica si vienes de Occidente. Una marea de coches, camiones engalanados con todo tipo de adornos y amuletos contra el mal de ojo, rickshaws, motos, bicicletas y autobuses, que parecen circular unos contra otros (más tarde descubres orden en ese caos) con un crispante e incesante sonar de los cláxones de millones de vehículos casi al unísono. En medio de ese maremágnum, aparece la primera evidencia de la relación única que los indios tienen con la fauna.

Vacas sagradas, dromedarios tirando de carros, piaras de cerdos que vagan libres por las ciudades y miles de perros allá hacia donde mires, se incorporan al tráfico, permitiendo a los conductores probar su habilidad esquivando, pitando y frenando sin descanso.

Saliendo de las ciudades, las carreteras que atraviesan tierras de cultivo tienen señales que advierten del peligro de encontrarse con el mayor de los antílopes de Asia, el nilgai o toro azul (Boselaphus tragocamelus).

Desde el autobús que nos lleva a Agra, observamos alguno de estos formidables y extraños bóvidos en zonas agrícolas. El hinduismo, seguramente una de las claves del respeto de los habitantes del subcontinente por la mayoría de los animales, no permite su caza, a pesar de considerarse plaga para los cultivos y competencia del ganado doméstico (entre el que los vemos pastar en ocasiones)

En el Taj Mahal, el fascinante mausoleo mogol, vuelvo a observar fauna salvaje por todo el recinto. Las omnipresentes ardillas indias de las palmeras, periquitos, milanos negros e incluso un alimoche posado en una gárgola con las delicadas incrustaciones de piedras preciosas de fondo.

A veces, en este país fascinante, la coexistencia se antoja un cerco. Un suburbio interminable. Una sucesión de pequeños comercios e industrias. Mercadillos callejeros en los que a la vaca de turno le da por probar el género y el vendedor la expulsa, no sin hacer rodar la fruta hasta donde ella se ha plantado impasible. Observamos una mezcolanza de tribus y dedicaciones. Incluso la tribu nómada de herreros que forjaba las armas de los reyes del Rajasthan, y que ahora reparan herramientas domésticas sentados en el suelo de un minúsculo taller callejero improvisado.

El precioso alción de garganta blanca está apostado en el tendido eléctrico sobre un río al que van a parar las aguas fecales sin más filtro.

Súbitamente, el inmenso poblado humano acaba y llegamos a las puertas de un parque nacional. Entonces todo cambia. Lo que fuera un inmenso cazadero real guarda el sabor de la vieja India rural. Algún pequeño poblado. Montañas fortificadas. Las higueras vampirizando a otros árboles gigantes. Los langures y los pavos reales sobre las ruinas. Y un bosque caducifolio que cubre las antiguas colinas que parecen invocar a Kipling.

El lago con el antiguo pabellón de caza de fondo. Los cocodrilos de las marismas. Los ibis de cabeza negra sondean las aguas bajas. Los árboles secos sirven de posadero a los abejeros orientales. El nilgai mueve su corpachón pesadamente por el bosque. Aunque, si observas su cabeza pequeña y afilada que parece desproporcionadamente pequeña en relación a su cuerpo, puedes imaginarlo atravesando la vegetación como una perforadora, si fuera necesario. Porque, en realidad, nadie en Ranthambore está a salvo del depredador más poderoso que camina sobre el planeta.

Un extraño grito agudo suena en la jungla. Uuuuuuuuuuh. Es la alarma del sambar, el ciervo más grande de la India. Los bonitos chitales, pequeños y bonitos  ciervos moteados, ponen toda su atención en la hierba alta. Los monos y los pájaros lo delatan desde la seguridad de las copas. Su Alteza, el tigre de Bengala, atraviesa el bosque.

A pesar de que allí donde hay grandes felinos, éstos depredan sobre el ganado, aquí parece no existir el conflicto tan exacerbado que conocemos en territorios más cotidianos. Sí que es cierto que la milenaria coexistencia se ve rota en ocasiones por episodios de envenenamiento, propiciados por la llegada de los pesticidas a la agricultura india. Que entre tigres y leopardos siguen apareciendo de tanto en tanto devoradores de hombres. La mayor amenaza para el tigre es la caza furtiva. El cuerpo de un tigre muerto ilegalmente proporciona un sinfín de productos para la medicina tradicional china y para la aborrecible peletería de lujo.

En contrapartida, el turismo de observación aporta ingresos a la población local, que empieza a valorar a los grandes felinos como una de sus mayores riquezas, y coloca muchos pares de ojos en los espacios protegidos donde habitan tigres, leones y leopardos, haciendo muy difícil el ejercicio del furtivismo en ellos.
En este subcontinente en el que se encuentra la mejor población de tigre de toda Asia. Una aparentemente sana población de leopardo, que se extiende por un vasto territorio de variados hábitats. Se puede observar a la pantera india en prácticamente cualquier lugar de la India, incluyendo la periferia de megaciudades como Mumbai. Y una preciosa población de unos 400 leones asiáticos, la única mundial, último reducto de una extensísima área de distribución que llegaba desde Grecia hasta ocupar toda la India. Algo no está tan mal cuando este país ha conservado poblaciones de estos grandes gatos, que son algunas de las más bellas expresiones de la naturaleza.

El desafío de los gobiernos y organizaciones responsables de la conservación de los grandes gatos indios va a pasar por establecer corredores biológicos por los que esta fauna conecte entre sí. El control del furtivismo y encontrar nuevas zonas en las que establecer poblaciones de leones asiáticos, a los que su involuntario exilio en Gir empieza a ser estrecho.

Una vez más, viajar con Ecowildlife Travel me permite colmar los sueños de naturalista e interpretar la realidad de la vida salvaje y de nuestra propia especie por todo el mundo.

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